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Francisco Güell, investigador en bioética: «Las técnicas de reproducción asistida aumentan el riesgo de enfermedades en el feto»
MADRID, ESPAÑA/ AGENCIA ABC.— Si se le pregunta a cualquier padre o madre qué es lo que desea para el hijo o la hija que quiere traer al mundo, la respuesta número uno sin dudas será: que sea sano. No es difícil entender el porqué: la salud condiciona la calidad de vida de manera directa y en las etapas tempranas de la gestación, cualquier modificación del ambiente en el que está creciendo el embrión puede tener consecuencias en todo el ciclo de su vida.
Por eso, el doctor Francisco Güell, experto en bioética, profesor e investigador en la Universidad de Navarra y coordinador del proyecto B2-InF: estar mejor informados sobre fertilidad, financiado por la Comisión Europea, aboga porque los padres tengan la máxima información posible antes de tomar decisiones sobre cómo proceder en esa búsqueda. El experto acaba de publicar el libro El último in vitro (2025), un texto que aporta datos poco conocidos sobre los procesos de reproducción asistida y las repercusiones que pueden tener.
—Su libro revela información poco conocida sobre las técnicas de reproducción asistida. ¿Qué debería saber la población sobre ellas?
—Lo primero que quiero aclarar es que el libro no es crítico con la reproducción humana asistida en sí misma. No entro en un análisis moral, sino que me centro en mostrar la falta de información que hay respecto a asuntos esenciales. La mayoría de la población, así como los propios trabajadores del sector, no tienen información sobre el aumento de riesgo de enfermedades que se produce con estas técnicas. Y otro tema crucial es la falta de transparencia a la hora de informar sobre las tasas reales de su éxito.
—¿Qué riesgos existen para la salud del bebé concebido mediante estas técnicas?
—El abanico de enfermedades con aumento de riesgo en la población in vitro es grande, porque los procesos y las técnicas son muy variadas. Las he organizado en tres grupos. El primero son las enfermedades que se pueden detectar antes del nacimiento, con ecografías, y serían principalmente malformaciones congénitas. En este primer grupo hay anomalías en la forma y la función del sistema respiratorio, del sistema esquelético o del aparato digestivo. Estas se pueden detectar antes del nacimiento. Luego, un segundo grupo son aquellas patologías que se detectan nada más nacer. Enfermedades que tienen que ver, principalmente, con la prematuridad: bajo peso al nacer, convulsiones neonatales, mortalidad perinatal. El aumento de riesgo de estos problemas es considerable. Y luego, tenemos un tercer grupo, que serían aquellas enfermedades que pueden manifestarse a medio y largo plazo, patologías en las que se ha visto que la incidencia en este grupo poblacional es mayor que en los concebidos naturalmente. Tenemos trastornos como los del espectro autista, parálisis cerebral, tumores como el linfoma de Hodgkin, leucemias, cáncer hepático o hipertensión arterial.
—¿A qué se atribuyen estos riesgos?
—Los profesionales han pensado que este aumento del riesgo no era debido a las técnicas en sí mismas, sino a otros factores, como por ejemplo, la edad de la madre. Cuanto más mayor, más riesgos tiene el niño de tener patologías. Pero todos los artículos que hablan del aumento del riesgo de enfermedades en la población in vitro ajustan para variables como la edad de la madre, comparando a niños nacidos de madres de 45 años in vitro con otros nacidos de madres de la misma edad, concebidos naturalmente. Lo que demuestran es que la edad no es la responsable. Tampoco otras variables para las que se ajustan los estudios, como los partos múltiples, la prematuridad o la subfertilidad subyacente. Son las técnicas por sí mismas las que aumentan los riesgos de enfermedades.
—¿De qué manera introducen estos riesgos las técnicas de reproducción asistida?
—En las concepciones naturales, los gametos, es decir, óvulos y espermatozoides, y el embrión están inmersos en unos procesos de desarrollo orgánico muy precisos. En esta etapa es cuando el organismo se encuentra más vulnerable y cualquier problema que haya en su desarrollo en estas etapas, tanto a nivel de gametos como del embrión, va a pasar factura. La manipulación física y química de los gametos o del embrión altera ese desarrollo biológico. Y aunque es cierto que las técnicas tratan de ajustarse lo más posible a lo que acontece de manera natural, esta manipulación puede afectar al desarrollo biológico, concretamente, a su dimensión epigenética.
—Hablaba hace un momento de las tasas de éxito en reproducción asistida. ¿Cómo se comparan con las tasas de éxito del embarazo natural?
—Durante tres años he dirigido un proyecto europeo centrado en el análisis de la información que proporcionan las clínicas en ocho países, incluida España, sobre esta dimensión. Lo que hay que saber es que las clínicas informan su éxito en términos de tasas de embarazo. Pero cuando alguien se acerca a una clínica no busca quedarse embarazada, sino tener un niño. Si bien es cierto que la mayoría de las mujeres que van a las clínicas de reproducción asistida se quedarán embarazadas, en muy pocos casos van a conseguir un niño nacido vivo. Una mujer de 45 años con sus propios óvulos tiene una posibilidad de entre el 1 y el 2 % de tener un niño nacido. Una mujer de 40 tiene entre un 6 y 7 %. Y una mujer de 35 alrededor de un 15 %. Pero lo que escuchan esas mujeres es que nueve de cada diez consiguen su objetivo, porque las clínicas toman como referencia el embarazo, no el nacimiento.
—Un momento llamativo en el libro es la descripción de una visita a una clínica donde se realiza la selección de espermatozoides, un proceso más rudimentario de lo que podríamos creer. ¿Qué deberíamos saber sobre cómo se llevan a cabo estas técnicas?
—Tenemos tres formas de hacer reproducción humana asistida a nivel general. Tenemos, por un lado, la inseminación artificial, que es la menos invasiva, luego la fecundación in vitro, que es la estándar, y luego el ICSI, que es una modalidad en la que uno selecciona un espermatozoide y lo introduce con una inyección al óvulo. Esta última es la más invasiva. La selección del espermatozoide es muy ruda si la comparamos con la selección natural, donde gana uno entre millones. También debemos saber que, en condiciones naturales, cuando el espermatozoide llega al óvulo, entra solo la cabeza y el flagelo queda fuera. Cuando se inyecta un espermatozoide dentro del óvulo en ICSI, se introduce completo, con la cola también. No es de extrañar que haya un aumento del riesgo de enfermedades en los embarazos con ICSI frente a los de fecundación in vitro y más aún con la inseminación artificial. Por otro lado, es importante apuntar que recientemente se ha afirmado que las malformaciones congénitas aparecen en la tercera semana del desarrollo, después de la implantación, y conocer cómo es el desarrollo en esa etapa ayudará a resolver esos problemas. Esto culpabiliza sutilmente a la mujer, como si ella fuera el problema, pero desde el punto de vista de biología del desarrollo esa información es falsa: una cosa es cómo se desarrollan y cuándo se pueden detectar esas malformaciones, y otra cuándo y cómo se provocan. El hecho de que cuanto más invasiva sea la técnica, más aumento de riesgo de malformaciones congénitas encontramos, y que haya enfermedades que se asocian claramente a la crioconservación, son pruebas más que suficientes para demostrar que los problemas se provocan en el contexto del laboratorio, durante la primera semana, no cuando ya ha sido transferido.
—¿Qué alternativas existen para una familia que tiene problemas a la hora de concebir de forma natural?
—Hay una aproximación alternativa a la reproducción asistida. Se conoce muy bien cómo deberían ser las condiciones, tanto en el hombre como en la mujer, para que haya una concepción natural. Cuando no se produce, se inicia un protocolo médico que trata de hallar las causas por las que la persona o la pareja no puede tener un niño y, una vez halladas, algo que se consigue en un 95 % de los casos, se intenta revertirlas para que se pueda conseguir un embarazo de forma natural. Estas técnicas resultan más baratas, tienen unas tasas de éxito similares e incluso mejores a los de la reproducción asistida y, lo más importante, no suponen un aumento de riesgo para la salud del niño que nace. Lo que pasa es que el sector de la reproducción asistida es muy potente y cuando llega una pareja no hay un interés por revertir el problema, sino por orientar en qué tipo de técnica usar. Los conflictos de intereses dentro del sector juegan un papel central en esto.
—Hemos hablado de los riesgos que la reproducción asistida supone para los bebés, pero ¿qué riesgos supone para las madres?
—En el libro he decidido centrarme en los riesgos para los niños porque la madre es la que decide someterse a esas técnicas. Pero los riesgos para la salud de la mujer están estudiados, son muchos y son graves: tienen un aumento de riesgo de insuficiencia renal aguda, de arritmias, de cáncer de ovario, de rotura de la placenta, de preeclampsia, de sangrado abundante al inicio del embarazo y de torsión ovárica.