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Por qué se nos cierra el estómago al enfermar: hallan el «interruptor» que conecta el intestino con el cerebro
NUEVA YORK,EE.UU./ AGENCIA ABC.- Cualquiera que haya sufrido una infección estomacal conoce esa sensación: una falta de apetito que persiste incluso cuando los síntomas más agudos han remitido.
Para las millones de personas en el mundo que conviven con infecciones crónicas, este síntoma es una constante que acaba por debilitar su salud. Hasta ahora, la medicina no lograba explicar con precisión por qué el cuerpo decidía «cerrar el estómago» ante la llegada de un invasor.
Un estudio publicado hoy en la revista 'Nature' por investigadores de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) ha logrado trazar el mapa completo de esta comunicación, revelando un elegante y sofisticado diálogo molecular entre las defensas del intestino y los centros de control del cerebro.
La investigación, coliderada por el bioquímico David Julius —Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 2021— y el inmunólogo Richard Locksley, identifica el mecanismo exacto por el cual el sistema inmunitario recluta al sistema nervioso para modificar nuestra conducta alimentaria. «La pregunta que queríamos responder no era solo cómo el sistema inmunitario lucha contra un patógeno, sino cómo logra que el sistema nervioso cambie nuestro comportamiento», explica el doctor Julius.
Según el Nobel, el proceso sigue una lógica que permite al cuerpo confirmar que la amenaza es real y persistente antes de activar la señal de malestar.
El centinela que imita a las neuronas
El hallazgo se centra en dos tipos de células extremadamente raras en el revestimiento intestinal que, hasta ahora, parecían operar por separado. Por un lado están las células 'tuft' (o células en penacho), que actúan como centinelas detectando la presencia de invasores. Por otro, las células enterocromafines (EC), responsables de liberar las señales que activan las fibras nerviosas que viajan directamente al cerebro, provocando náuseas y dolor. El equipo de la UCSF descubrió que, ante una amenaza, estas dos células comienzan a «hablar» entre sí de una forma nunca antes vista en el epitelio humano.
Koki Tohara, investigador postdoctoral en la universidad californiana y primer autor del trabajo, logró visualizar este proceso colocando sensores genéticos junto a las células centinela bajo el microscopio.
Al detectar señales de alerta, estas células se iluminaron al liberar acetilcolina. Lo sorprendente es que la acetilcolina es un mensajero químico que normalmente utilizan las neuronas para comunicarse entre sí, pero aquí el intestino lo emplea de forma independiente. «Lo que descubrimos es que las células del intestino hacen lo mismo que las neuronas, pero mediante un mecanismo completamente distinto», señala Tohara, destacando que estas células carecen de la maquinaria habitual que emplean las neuronas para emitir estas órdenes de malestar.
Por qué la desgana tarda en aparecer
Una de las grandes incógnitas que resuelve este estudio es por qué la pérdida de apetito no suele ser inmediata, sino que aparece días después de contraer la infección. La respuesta reside en que el sistema opera en dos velocidades. En un primer momento, las células centinela liberan un estallido breve que apenas altera el sistema. Sin embargo, a medida que la infección se establece y el sistema inmune monta una respuesta completa, estas células se multiplican y comienzan una liberación sostenida de acetilcolina. Es esta segunda fase la que finalmente activa a las células EC para que produzcan serotonina, la cual dispara el nervio vago y envía la orden de «dejar de comer» al cerebro.
«Esto explica por qué al principio uno se siente bien, pero empieza a sentirse enfermo a medida que la infección se establece», apunta David Julius. El intestino, en esencia, actúa con prudencia clínica: espera a confirmar que la amenaza es real antes de ordenar al cerebro que cambie el comportamiento del paciente. Para confirmar esta cadena de mando, los investigadores realizaron pruebas con modelos animales. Aquellos que fueron modificados genéticamente para que sus células centinela no pudieran enviar esa señal química siguieron comiendo con normalidad a pesar de estar enfermos, lo que demuestra que este es el «cableado» crítico de la náusea y la inapetencia.
Esperanza contra el colon irritable
Aunque el estudio se centra en las infecciones, las implicaciones sanitarias van mucho más allá. Las células centinela implicadas no solo están en el intestino, sino que se encuentran repartidas por las vías respiratorias y la vesícula biliar. Por ello, los científicos creen que cualquier alteración en este circuito de comunicación podría estar detrás de patologías crónicas como el síndrome del intestino irritable, las intolerancias alimentarias o el dolor visceral crónico, donde el paciente siente un malestar constante sin una causa infecciosa aparente.
El doctor Richard Locksley subraya que controlar las señales de estas células podría ser la clave para desarrollar nuevos fármacos que alivien los síntomas de estas dolencias. Entender cómo el sistema inmune «secuestra» el apetito no solo es un avance en ciencia básica, sino una puerta abierta para devolver la calidad de vida a pacientes cuya comunicación entre el intestino y el cerebro se ha quedado activada por error, provocando náuseas o falta de energía de forma crónica.